Cuando el grito no alcanza: Ni Una Menos, patriarcado y emociones sociales

Cada 3 de junio, la Argentina vuelve a decir Ni Una Menos. No como una consigna vacía, sino como una herida abierta. Una herida que no deja de sangrar porque, aunque el feminismo logró instalar palabras, leyes, estadísticas, marchas y debates públicos, la violencia machista sigue presente en la vida cotidiana, en los hogares, en las instituciones, en los vínculos y en los discursos sociales.

A once años de la primera gran movilización, el Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina informó que en 2025 se investigaron 204 causas judiciales vinculadas a posibles femicidios, con 200 víctimas directas y 19 víctimas vinculadas. Según ese registro, hubo una víctima directa cada 44 horas, y en al menos el 83% de los casos existía un vínculo previo entre la víctima y el agresor. La mayoría de esas muertes no ocurrieron en la oscuridad de un callejón desconocido, sino en territorios familiares: casas, parejas, exparejas, vínculos cercanos.

Frente a esos datos, la pregunta duele: ¿por qué, después de tantos años de lucha, el feminismo no logra desarmar la dominación machista?

La respuesta no puede ser simple. Porque el patriarcado tampoco lo es.

Simone de Beauvoir permitió comprender que la desigualdad de género no nace de una fatalidad biológica, sino de una construcción histórica y cultural: la mujer fue ubicada como “lo otro”, como aquello definido desde la mirada masculina. Su aporte sigue siendo central porque nos recuerda que la opresión no se sostiene únicamente por la fuerza, sino también por los sentidos que una sociedad naturaliza.

Silvia Federici profundizó esa lectura al mostrar que el control sobre los cuerpos de las mujeres estuvo históricamente ligado a la organización económica, al trabajo reproductivo no remunerado y a la acumulación capitalista. El patriarcado no es solamente una idea antigua: es también una forma concreta de organizar el cuidado, la dependencia económica, la obediencia y el silencio.

Por eso la dominación machista persiste. Porque no vive solo en los discursos explícitamente violentos. Vive en la división desigual de las tareas domésticas, en la culpa materna, en la dependencia económica, en la sospecha sobre la palabra de la víctima, en la burla al varón que cuida, en el miedo de la mujer que decide irse, en la vergüenza de quien denuncia y en la complicidad social que todavía pregunta qué hizo ella antes de preguntar qué hizo él.

Desde la Sociología de las emociones, el patriarcado puede entenderse también como un régimen afectivo. No solo ordena cuerpos: ordena sentimientos. Enseña a los varones a confundir autoridad con dominio, deseo con posesión, frustración con violencia. Enseña a muchas mujeres a confundir amor con sacrificio, paciencia con virtud y miedo con prudencia. Y cuando esos aprendizajes emocionales son cuestionados, aparece la reacción.

Ahí se explica una parte de la resistencia.

Los sectores populares no son conservadores por naturaleza. De hecho, muchas de las luchas más transformadoras nacieron desde abajo. Pero cuando la vida cotidiana está atravesada por la precariedad, la angustia económica, el endeudamiento, la falta de trabajo y la pérdida de horizonte, ciertos discursos reaccionarios encuentran terreno fértil. Prometen orden donde hay incertidumbre. Prometen identidad donde hay humillación. Prometen culpables fáciles donde hay malestar social acumulado.

En ese contexto, el feminismo muchas veces es presentado —por sus adversarios, pero también por ciertos errores comunicacionales propios— como una amenaza externa: contra los varones, contra la familia, contra la religión, contra “la gente común”, contra las formas tradicionales de vida. Entonces, en lugar de ser comprendido como una lucha por una vida más digna para todas y todos, es percibido por algunos sectores como una acusación moral.

Y nadie escucha cuando se siente condenado antes de ser convocado.

Ese es uno de los grandes desafíos actuales del feminismo: volver a hablarle al conjunto social sin perder profundidad, sin abandonar la denuncia, pero recuperando capacidad de persuasión. Porque la razón puede demostrar una injusticia, pero solo una pedagogía emocional puede transformar una cultura.

Sara Ahmed ayuda a pensar este punto cuando analiza cómo las emociones circulan socialmente, se pegan a determinados cuerpos, palabras y causas, y construyen adhesiones o rechazos colectivos. El problema no es que el feminismo exprese enojo; ese enojo es legítimo ante la violencia. El problema aparece cuando la conversación pública convierte ese enojo en un objeto fácilmente manipulable por quienes quieren caricaturizar la lucha.

Hoy, en la Argentina, ese escenario se vuelve todavía más complejo. El movimiento feminista enfrenta no solo la persistencia de la violencia machista, sino también un clima público donde los discursos de odio encuentran validación, circulación y recompensa. Las redes sociales amplifican la crueldad. La burla reemplaza al argumento. La agresión se disfraza de incorrección política. Y la empatía empieza a ser tratada como debilidad.

En paralelo, distintas organizaciones vienen señalando el retroceso de políticas públicas destinadas a prevenir y atender la violencia de género. Chequeado relevó que la inversión real en ocho programas de género cayó 94,8% entre 2023 y 2025, y que la Línea 144 y el programa Acompañar sufrieron recortes drásticos en el mismo período. El Equipo Latinoamericano de Justicia y Género también advirtió que la degradación institucional del área de género significó un retroceso de casi 40 años en la institucionalidad construida desde el regreso de la democracia.

Pero tampoco alcanza con señalar al Estado. Porque el patriarcado no vive solamente en las instituciones: también vive en las emociones sociales que una época legitima.

Rita Segato sostiene que la violencia contra las mujeres debe ser leída como una expresión de poder, no como un mero exceso individual. La crueldad patriarcal comunica. Dice algo. Marca territorios. Disciplina cuerpos. Envía mensajes a otras mujeres y también a otros varones. Por eso el femicidio no puede reducirse a una tragedia privada: es un hecho social extremo que muestra hasta dónde puede llegar una cultura cuando convierte la posesión en mandato masculino.

Entonces, ¿la lucha fue inútil?

No.

Sería injusto decirlo. El feminismo cambió el lenguaje público, visibilizó violencias antes naturalizadas, impulsó leyes, abrió conversaciones familiares, permitió que muchas mujeres pudieran nombrar lo que vivían y construyó redes de acompañamiento donde antes había soledad. El problema es que ningún movimiento social transforma una estructura milenaria en una década. Mucho menos cuando esa estructura está enlazada con la economía, la política, la religión, la familia, la justicia, los medios y las emociones aprendidas desde la infancia.

Lo que sí debemos preguntarnos es si el feminismo necesita revisar sus formas de comunicación pública. No para suavizar su reclamo ni para pedir permiso, sino para recuperar eficacia política. Tal vez el grito sigue siendo necesario, pero ya no alcanza solo con gritar entre convencidas. Tal vez hace falta volver a construir puentes con quienes sienten miedo, confusión o rechazo. Tal vez haya que discutir menos por pureza interna y comunicar más por transformación social.

Porque si el feminismo queda encerrado en sus propias disputas, el patriarcado gana tiempo. Si la causa se vuelve incomprensible para quienes más necesitan comprenderla, la reacción avanza. Si la conversación se transforma en tribunal permanente, muchos se alejan antes de escuchar.

El desafío no es abandonar la lucha. Es ampliarla.

Hacerla más popular, más pedagógica, más territorial, más humana. Volver a explicar que el feminismo no busca invertir la dominación, sino terminar con ella. Que no quiere mujeres contra varones, sino vidas libres de miedo. Que no viene a destruir los vínculos, sino a desarmar las formas violentas de vincularnos. Que una sociedad igualitaria también libera a los varones del mandato de la dureza, de la represión emocional, de la violencia como prueba de masculinidad.

Ni Una Menos no puede ser solo una fecha. Tiene que ser una pregunta colectiva: ¿qué emociones estamos educando como sociedad? ¿Qué hacemos con la rabia? ¿Qué hacemos con el miedo? ¿Qué hacemos con la frustración masculina? ¿Qué hacemos con la soledad de las mujeres que denuncian? ¿Qué hacemos con las niñas que todavía crecen aprendiendo a cuidarse del mundo antes de aprender a habitarlo?

La esperanza no está en negar el cansancio. Estamos cansadas. Estamos dolidas. Estamos hartas. Pero la historia demuestra que ningún derecho nació de la resignación. Cada avance que hoy parece obvio fue antes una lucha incómoda, criticada, ridiculizada y resistida.

Por eso, frente a una época que intenta convencernos de que la crueldad es sentido común, defender la igualdad vuelve a ser un acto profundamente político. Y también profundamente humano.

Seguir gritando Ni Una Menos no es repetir una consigna derrotada. Es sostener una memoria, una advertencia y una promesa.

Memoria por las que ya no están.

Advertencia frente a quienes quieren naturalizar la violencia.

Y promesa de que todavía es posible construir una sociedad donde ninguna mujer tenga que vivir con miedo, donde ningún varón necesite dominar para sentirse alguien, y donde la igualdad deje de ser una bandera de resistencia para convertirse, por fin, en una forma cotidiana de vivir.

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